sábado, 29 de marzo de 2008

Michael Faraday.

Entre mis biografías preferidas se encuentra la de Michael Faraday personaje que admiro, entre otras cosas, por su sencillez como persona y por la inquietud que tenía por enseñar en todos los estratos sociales lo que sabía sobre electricidad así pues;

Hoy me apetece hablar del físico y químico inglés Michael Faraday (Newington, Surrey, 22-09-1791; Hampton Court, 25-08-1867).

Michael era uno de los diez hijos de un herrero que disfrutó de una infancia sin sobresaltos. Por la condición humilde de su familia (eufemismo para decir que no tenían mucha pasta), recibió una educación básica. Él lo expresó con estas palabras: “Mi educación fue del tipo más corriente, consistente en poco más que rudimentos de lectura, escritura y aritmética en una escuela normal. Mis horas fuera de la escuela las pasaba en casa o en la calle.”

A a los quince años, Michael fue enviado como aprendiz de encuadernador junto a un artesano llamado Ricbau con quien permanecería ocho años.

En el taller del encuadernador el joven demostró una avidez bárbara por aprender ya que estaba en íntimo contacto con los libros que encuadernaba. Ricbau le motivaba permitiéndole la lectura de cualquier libro siempre que fuese fuera de horario laboral (¡qué raro que un jefe exija eso!), restándose así mucho tiempo libre. El mismo Faraday escribió:

“… es en estos libros donde he comenzado mi aprendizaje filosófico (ahora lo llamaríamos científico). Dos obras me han ayudado sobre todo:”La Enciclopedia Británica” y “Las conversaciones de Química”, de Marcet, que me ha iniciado en la ciencia de mi predilección. No vayáis a creer que he sido un pensador profundo o un niño precoz...

Yo tenía una imaginación tan dispuesta a creer en los cuentos de las “Mil y una Noches” como en la enciclopedia. Pero los hechos tenían sobre todo importancia para mí y ello me ha salvado. Yo sabía ponerlos a prueba y comprobar las aseveraciones de los libros…”

Fue con el libro de Marcet que Michael comenzó sus experimentos de química como autodidacta, repitiendo los del libro y gastándose en ello gran parte de su sueldo.

Un buen día un cliente del encuadernador, Dance, miembro de la Royal Institution, le regaló una entrada para asistir a las clases que daba el prestigioso químico Humphry Davy. Las aprovechó tomando nota de todo lo que el profesor decía, adornándolas con ilustraciones, dibujos y diagramas en color hasta componer un manuscrito de 386 páginas.

Una vez acabadas las clases, el joven Faraday remitió el manuscrito a Joseph Banks, por entonces presidente de la Royal Institution, para poder ingresar como aprendiz y estar cerca de los mejores investigadores de la época. Su petición que no fue atendida. Sin desanimarse, envió otro manuscrito al mismo Davy, su antiguo profesor, para poder trabajar con él en calidad de ayudante.

La soleada mañana (no sé si era soleada o no pero siempre queda bien) del 18 de marzo de 1813, sin haber cumplido los veintidos años todavía, es propuesto por Humphry Davy como ayudante, con un sueldo de 25 chelines, importe inferior al sueldo que tenía como encuadernador.

Davy tenía que realizar diversos viajes por Europa (sur de Francia, Ginebra, Italia) y decidió llevarse a Faraday como ayudante (los biógrafos más reservados dicen “ayudante”; los más realistas, “ayudante y criado”, que es como fue tratado en muchas ocasiones) y secretario. Por su carácter simpático, agradable y alegre, el joven Faraday fue aceptado por todo aquel que le trató. Se cuenta que, en una ocasión, uno de los científicos visitados por Davy y Faraday dijo: “Hemos admirado a Davy y amado a Faraday”.

Todo esto no hizo nada más que despertar los celos de la esposa de Davy que trató a nuestra joven promesa como un sirviente, haciéndole imposible el viaje. Lo peor de todo fue que Davy (el calzonazos de Davy, deberíamos decir) no hizo absolutamente nada por evitar esa desagradable situación. En cualquier caso, para mi antepasado lo más importante fue que en ese viaje conoció a científicos de primer orden como Ampère o Gay-Lussac.

Una vez regresaron a Inglaterra, Faraday dedicó grandes esfuerzos al laboratorio y, poco a poco (y no sin razón), se fue separando de su maestro. Por aquel entonces, vivía para el laboratorio realizando faenas de cualquier índole que se presentasen. Por ese motivo, nunca tuvo colaboradores ni ayudantes.

En 1824 Faraday fue aceptado como miembro de la Royal Institution, con el único voto en contra de Davy. Unos aseguran que por presiones de la esposa resentida, otros por celos del propio Davy de que un aprendiz sin formación universitaria llegase a miembro de tan respetada institución. Para mí está clarísimo: una mezcla de las dos cosas.

Se cuenta de Michael que tenía una pésima memoria y que, para paliar ese problema, siempre llevaba encima una libreta donde anotaba todos y cada uno de los experimentos que realizaba. Tampoco tenía una buena base matemática (en realidad, más bien pésima) que compensó con su habilidad realizando gráficos de sus experimentos y experiencias. Pero nuestro joven no paraba de aprender, experimentar y fue así que en 1825 fue nombrado director del laboratorio y en 1833, profesor de química.

A los 30 años el amor llamó a su puerta (sí, sí, cursi pero es lo que pasó): una joven a la que desposó cuando ella tenía 22 años, formando un matrimonio feliz y sin hijos. Su esposa sería siempre una acérrima colaboradora de nuestro amigo.

Michael Faraday nunca aceptó nombramientos, condecoraciones ni homenajes. Tampoco el nombramiento de Sir otorgado por la reina ni la presidencia de la institución donde trabajaba con tanto ahínco: deseaba solamente ser Michael Faraday. El motivo de todas estas renuncias era que pertenecía a una secta religiosa muy estricta denominada Sademanians (hoy, afortunadamente, desaparecida). Como muestra, las numerosas penitencias que tuvo que sufrir por haber aceptado una cena con la Reina Victoria.

Durante la desastrosa guerra de Crimea en la que Gran Bretaña luchaba contra Rusia, el gobierno propuso a Faraday la creación de gas venenoso a gran escala para ser utilizado en la guerra. Contestó inmediatamente y sin tibuteos: sí, era posible hacerlo pero ese encargo no correría de su cuenta porque estaba en contra de la guerra (sí, señor, con un par...)

Fue enterrado, tal como dejó escrito, con una sencilla lápida, pero dejando grabado su nombre en la Física: la unidad de la capacidad eléctrica de un condensador en el Sistema Internacional de unidades (SI) es el Faraday. Por cierto, en España, con el afán de traducirlo todo, rápido y mal, lo llamamos Faradio aunque en otras lenguas de la península se conserva su nomenclatura inglesa que es como debe decirse.

La obra que nos dejó se puede dividir en dos partes: la electricidad y la química.

Con respecto a la química, en 1823 ideó un sistema para licuar gases, sometiéndolos a presión. Lo consiguió con una mezcla de cloro, anhídrido carbónico, ácido sulfúrico y otros componentes. Su gran contribución a la química orgánica fue el descubrimiento del compuesto conocido como benceno.

Faraday continuó los trabajos de Davy sobre electroquímica, reduciéndolos a expresiones cuantitativas que hoy llamamos las leyes de electrólisis de Faraday. Acuñó los términos electrólisis, electrolito, ánodo y cátodo, todos ellos utilizados todavía en la actualidad. También experimentó en el campo de la óptica, consiguiendo vidrios de alta refracción, y en la metalurgia, en la investigación de aceros de alta resistencia. Fue el primero en conseguir en el laboratorio temperaturas inferiores a – 18 º C: podría considerarse un adelantado de la técnica física moderna llamada criogénenesis.

En relación con la electricidad, preparó un transformador que, si bien no consiguió los resultados esperados por no comprender su funcionamiento, sus investigaciones sirvieron para su posterior construcción por otros científicos (hoy en día esta máquina, el transformador, es utilizada en centrales eléctricas, subestaciones, cargadores de teléfonos móviles, electrodomésticos y un sinfín de aplicaciones más).


Experimento la bobina de Faraday, principio del Transformador.

El descubrimiento de forma práctica de la inducción electromagnética le dio fama mundial. Con este principio funcionan los generadores de electricidad en las centrales eléctricas y los motores eléctricos de utilización universal, tanto a niveles domésticos como industriales, aunque tuvieron que esperar a que James C. Maxwell le diera forma matemática al electromagnetismo llegando a los mismos resultados que Faraday explicó con simples palabras y ejemplos prácticos. Todo un mérito.


Dinamo de disco de Faraday.

A la vista queda que nuestro amigo era polifacético. Incluso llegó a dar conferencias científicas para el público en general: le interesaba mucho la divulgación de la ciencia sin importarle la formación académica de sus espectadores de forma que estas conferencias se hicieron muy populares.

Un día triste (al menos, así lo imagino yo), Faraday empezó a tener problemas con la memoria (más de los que ya tenía normalmente) y pasó muy apenado los últimos años de su vida. Se supone que Faraday enfermó porque los químicos de aquella época no conocían la nocividad de los compuestos que trataban y, como no tomaban ningún tipo de precaución, sufrían de envenenamiento crónico leve (o grave, dependiendo del caso).

Nuestro amigo bien merecía este homenaje: a partir de sus descubrimientos e investigaciones la electricidad, hoy en día, llega prácticamente a cualquier lugar.

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